Fue una crisis la que gatilló el encuentro. Era junio de 2020 cuando decidimos agruparnos, agobiados por el encierro que recién comenzaba. Nos acompañamos virtualmente durante toda la pandemia, sin un rumbo establecido, pero conscientes de que el vínculo que estábamos formando podría sostenernos en medio del caos: por fin se evidenciaba globalmente el colapso de nuestros sistemas sociales y económicos, de nuestros esquemas de pensamiento y del lugar que creímos ocupaba la humanidad dentro de nuestro dañado ecosistema.
Nos denominamos RAVA, Red de Artistas Visuales de Aysén, pues es desde Aysén que emana nuestra necesidad creativa, desde la experiencia de vida encarnada en este territorio. Nuestras prácticas mantienen una conexión estrecha con las mecánicas de la naturaleza, con aquella ciclicidad que es el motor de todo lo vivo y que desde esta latitud se experimenta con mayor claridad, pues aquí estamos mucho más rodeados de tierra que de ciudad.
La palabra Humus, aquel manto oscuro que recubre el planeta, significa tierra, y tiene la misma raíz etimológica que humanidad. Somos aquellos que provienen de la tierra. El ciclo del humus es una metáfora que nos permite imaginar nuevas formas interconectadas de estar en el mundo. Las crisis profundas por las que atravesamos contienen en sí mismas la salvaje esperanza de transformación colectiva, pues son un proceso de cambio que impulsa la descomposición de lo antiguo para regenerar en nuevas formas de vida.
De una forma similar, durante la pandemia compartimos nuestros procesos creativos, los abrimos y con ello nos hicimos vulnerables al cambio. Emulando la labor que hongos y bacterias realizan al descomponer la materia orgánica, en conjunto removimos, especulamos y analizamos nuestro trabajo, para que afloraran nuevas formas e ideas. Esta exposición es el resultado de aquel proceso regenerativo, que se materializa en obras textiles y pictóricas, en grabados, fotografías y collages.
Las obras de Fredy Jofré y Felipe Soza, de carácter documental y antropológico, abordan una de las tantas facetas de la decadencia de nuestra era: la descomposición de las grandes estructuras de poder. A través de dos imágenes tan familiares, una serie de mascarillas quirúrgicas y los enfrentamientos entre civiles y uniformados, los artistas nos trasladan a un escenario en el cual la violencia de estado y el miedo como herramienta de control social, son la contracara de los masivos levantamientos que han movilizado a comunidades largamente oprimidas alrededor del mundo.
Catalina Correa, Cristina Gutiérrez, Marcela Stormesan y Paola Zapata ponen un acento en el cultivo de los afectos frente al regresivo individualismo, y fomentan las respuestas colaborativas como método para suavizar en conjunto los traumas que producto de nuestras vivencias hemos ido alojando en el cuerpo individual y en el cuerpo social. En sus obras, la alusión a las labores propias de los espacios personales se vuelven manifiestos políticos, una búsqueda de sentido en medio del absurdo, un descanso tibio y compartido en medio de la perversa aceleración contemporánea.
Finalmente, las propuestas de Tania Morgado, Sebastián Peña y Cristina Pustela están estrechamente ligadas a la idea de una naturaleza que ha desdibujado las fronteras entre sujeto y exterior, para dar continuidad a un proceso íntimo de simbiosis y regeneración incesante entre nuestros cuerpos humanos y los de aquellos millones de especies con los que cohabitamos nuestro planeta.